Corina Morera Villar  
 
  Barrio; 18-08-2017 05:07 (UTC)
   
 
Barrio;



        Paseo por esta calle con su acera a base de collage: baldosas rojas, aquellas de cuando el padre del abuelo Vicente; baldosas azules recortadas por el tiempo y el intento de encajarlas en las antiguas de color escarlata; grises, las más nuevas, esas que no debiesen ser grises…

        En la bajada hacia el parque encuentro sin buscar a los nuevos traficantes; El “chino” con su jersey púrpura y su símbolo Nike estampado, El “bola” (por la comida sana del “bareto” de fritos de toda la vida); y bueno, otros, los desgraciados que se sumaron… Mi madre recuerda que el padre del “bola” estaba en la misma esquina con tío del “chino” (al que no encuentro parecido con ningún asiático), y mi abuela dice rememorar las hazañas de huida de su abuelo, en la misma zona del parque, con diferente peinado y vestimenta, pero con el mismo fin… pasar las “chinchetas del viaje”, agujitas que inyectan sustancias que algunos dan por apellidar de milagrosas…

        Sigo bajando, ahí está área de columpios, esos que debieran estar llenos de colores (cosa que no sé porque bajo la inmundicia se vislumbre, sino porque he tenido suerte de verlos en la ciudad), mi vecina dice que una vez los nuestros fueron así… sonrío irónica al pensarlo, aunque no son sonrisas lo que bulle por salir.

        En el suelo de arena, una arena ya verdosa y maloliente, veo a Jesse. Una tierna niña que juega con su muñeca y le quita el vestidito deshilachado para poder ponerle bien el pañal improvisado, un paño de cocina que aún conserva manchas de salsa. Jesse hace llorar a la muñeca de plástico, la cual de repente cesa el ruido convirtiéndolo segundos antes en sonido oxidado, lento, molesto. Se gastaron las pilas. Jesse mira la cajita de atrás, en la base de la espalda de su anatomía invariante. Me mira con tristeza.

        -Díselo a “mami” – le digo esperanzadora.

        Más tarde llego a mi casa… he de cambiar a Marcus, mi hijo. Aquel recién nacido de un cuerpo débil todavía no preparado para ello. Tengo tan solo 16 años, aquí no comprenden el concepto “tan solo”, solo parezco entenderlo yo. Este lugar es como una tribu, aquí ya soy mayor.

        Marcus me recibe casi con oraciones, he llegado a tiempo. Mi madre está apurada en la cocina y huelo a algo rancio en la dirección del niño. Mientras le cambio, habiéndole aseado primero y eliminado ese olor infernal, recuerdo la muñeca de Jesse. Instintivamente rozo con las yemas la base de la espalda del bebé con una caricia, deseando cruelmente apagarlo para siempre.

        Este no es de pilas.

        Dicen que un lugar no hace a la gente…

        Me asfixio y me dirijo, en uno de tantos ataques de ansiedad, a abrir la ventana y contemplar a las niñas de ocho añas con sus “cinturones anchos”, eso que llaman faldas…

        Evoco la ignorancia de los actos que nos envuelven y brota sin quererlo una nueva lágrima… ya tocaba… pero “un lugar no hace a la gente, nos hacemos nosotros mismos ¿no!”. Pero miro atrás y ahí sigue Marcus.

        Barrio, “dulce” barrio…

Corina Morera Villar.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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