Corina Morera Villar  
 
  Carta Desde un Árbol 29-06-2017 08:51 (UTC)
   
 

Carta desde un árbol;



 
       Llega el olor húmedo y terroso de esta madrugada, olor entre marrón y rojizo mezclado con el suave verde, que hace se despierten mis sentidos. Perfume lejos del ya típico asfalto, y de los grises de los humos tempranos de los transportes urbanos con que duermes y despiertas cada día. Pero he de volver con los míos. 

       Nuevas y viejas fábricas, carruajes metálicos que invaden la autopista, cemento que baña la tierra… mentes que dejan que su caos colapse un mundo de un color muy diferente a los monocromos acostumbrados. Barrios iguales, calles iguales, casas iguales, y  pensamientos no tan distintos... 

       Existen rincones aún. Fragmentos de tiempo y espacio a los que los vespertinos rayos de un sol imperioso permiten la entrada, y los colores que encuentras al paso de estos parajes son difíciles de explicar en una gama o paleta que perdió sus tonalidades. Difícil describir lo que nos oculta la ciudad, tan inmensa, tan vasta, que perdió su significado a mitad de recorrido. 

       Pero todavía existen rincones. 

       Es curioso pensar, casi recordando con esa salvaje y de antaño memoria colectiva, en que antes también existían esos pequeños parajes, solo que antes, esos pedacitos eran humanidad.  

       Hoy, los pedacitos que quedan son los que sin querer, o por error de algún contable, o por imposibilidad de edificar, dejamos a Gaia. Nuestra madre más antigua, nuestro verdadero hogar.  

       La humanidad se extendió como imperio inquebrantable. Humanidad metálica y cifrada. Mundo imparable de ideas de poder y jerarquías mal aplicadas. 

       Esta carta es para nadie, pero para todos. Recordando la inmensidad de los fragmentos de espacio que aún quedan por conservar. Recordando la situación en que me encuentro y en la que me encontraré más de una vez, cara a cara con un árbol, reafirmando mi esencia y mi lucha diaria. 

       Cómo quisiera respirar esos colores. Cómo quisiera abandonarme a uno de esos parajes. Pero aquí estoy, donde me necesitan. Porque no puedo huir de los muros insulsos de la civilización a la que desafío. Si no, cómo retarle en este duelo que parece, incesante, perder la tierra… 

       Y aquí estoy (pienso de nuevo), aquí estamos. Atados entre cuerdas y cadenas a un árbol de diámetro increíble, este grupito de seres descabellados que ante el gris grita verde.  

       “Locos”, nos llaman. No sé. Abogar por más y mejor oxígeno; por la libertad de la vida en un planeta que arrasamos porque simplemente mandan los billetes; pensar en el futuro y sus generaciones;… “Llamadnos locos”, creo que pensamos muchos, “pero luchamos por la cordura”. 

       Y sí, para ello hoy nos hemos atado a un árbol.  

    Y puede que los métodos resulten de lo más extraños, tontos y sin sentido para algunos. Pero eso es porque la gente olvidó el significado de los símbolos. Y sobre todas las cosas, perdió en el mar de su memoria, anclada en un gobierno de masas, el significado del concepto “luchar”.  

       Mas algunos guerreros aún sobreviven… Entre faldas anchas y cabellos descuidados, entre antisociales por esencia o carismáticos de vocación, entre las filas del paro o trajeados con su maletín pertinente (guardando información que otros considerarían trivial), entre políticos ataviados de sus campañas más mordaces, entre artistas urbanos y entusiastas de la red.  

       Esta mezcla de mundos casi me devuelve la esperanza. Cuando firmemente aferrados a la madera viva, se van uniendo los que en espíritu también llevan esa batalla en las venas, vivo emocionado el comprobar cuánta gente distinta se ha abrazado.  

       A mi lado, por ejemplo, veo a David, le acabo de conocer, es un importante empresario de la ciudad, y observo cómo se abraza a la corteza sin vergüenza ni máscara alguna. Es uno de los nuestros. Hay prensa ahí detrás, si sale en el periódico, mañana en la empresa será otro loco más atado con eso “hippies”, que no tienen nada más importante que hacer que tocarle la moral al gobierno. Es genial.  

       Al otro lado, el padre Bernardo, cura de la parroquia, se ha unido hace poco. Adora este árbol. De niño jugaba cerca de él y se niega, rotundo, a que eliminen su historia.
  
       También está cerca Susan pegada a su teléfono móvil, es comercial. Habla amablemente con sus clientes mientras, de vez en cuando, suelta algún improperio contra sus enemigos de ahí enfrente, y luego ríe divertida.  

       Y luego está “la panda de cantantes”, esos que hacen acopio de fuerzas y buscan entre los repertorios más antiguos de canciones populares, incluida, cómo no, la de alguna serie famosa al son de un “no nos moverán”. 

       Aquellos que están en nuestra contra, cada vez se enfadan con más fuerza. No pueden contra el positivismo que se genera en el ambiente al otro lado.  

       Hoy aquí reunidos, como en una sacrosanta manifestación, logramos un pequeño objetivo. Mínimo. Pero algo es algo. Salvamos al gran árbol al que nos hemos atado. Algunos se sienten alegres, y otros siguen cantando para manifestarlo. Aunque en el fondo, muchos de nosotros miramos al horizonte con tristeza.  

       El bosque. 

       La ciudad se extenderá poco a poco y atarnos será poca solución. Salvamos el árbol antiguo de nuestra ciudad. Pero es tan poco. La idea de ver a toda la población aferrada con cadenas al bosque casi me hace sonreír.  

       Ya David está hablando de una asociación, ha trabajado para ello. Quizás poco a poco…  

       Una gota me cae desde el cielo mientras pienso en el bosque, casi la siento tibia, como si de una lágrima se tratara. Cálida resbalando por mi rostro, hasta que la cojo con las yemas de mis dedos. Llanto de una madre. “Algunos lo intentamos, mamá” y miro a todos. Esta vez sonrío y me uno a la iniciativa de David. “Algunos seguiremos intentándolo”… 

       Hacedme un favor, aquellos que leáis mi discurso: convertimos vuestros grises y ocres en colores a veces de exagerada saturación; usamos métodos poco convencionales, al entender de muchos  poco lógicos; debatimos cosas distintas al color de los coches, y a veces tendentes a lo que denominaríais excéntricas; pero si alguno es creyente, que rece por mí la siguiente oración… <<Que de “locos” se pueble el mundo, para que mundo vuelva a ser>>… 

       Y sin siquiera ser creyente, al escuchar esa oración, asentiría con una palabra más: Amén.
 
Por: Corina Morera Villar
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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